Catarsis Etílica
Historias con sabor a fernet
30 de mayo de 2012
Gracias, Hermes
Se guardó para el final un gesto acorde a su carácter original, rebelde y cabrón:
con el ultimo aliento, casi sin movilidad, se desplazó desde su cucha hasta un estante para morir abrazado a un libro de humor, mas precisamente de Quino, curiosamente titulado: "Esto no es todo". Y sobre esa frase echó un expresivo meo postrero.
Hermes fue un gran compañero de vida, calidad difícil de encontrar a menudo en el género humano. Con él, gracias a él, entendí porque Mark Twain escribió que "si fuera posible cruzar a un hombre con un gato,
mejoraría el hombre... pero se deterioraría el gato".
7 de abril de 2012
De cementerios
Salgo a caminar por el parque Los Andes. No tengo un rumbo definido, pero la brisa y los rayos del sol me llevan hacia delante, me impulsan, me empujan con fuerza. Me envuelve ese aroma inconfundible de la naturaleza, aunque a pocos metros la avenida Corrientes despide su bronca, su rutina cotidiana.
Camino por el cielo verde. Camino para mirar. Camino para pensar. Los colores del parque se mezclan con los de la feria, atiborrada de especias y necesidades. Pienso en tirarme a dormir una siesta bajo la sombra de un árbol; pienso qué lindo sería fumarse un porrito mientras el sol me calcina y el pasto me besa la piel.
Sigo caminando. Llego al cementerio de Chacarita. Dudo. Vuelvo a pensar. Entro.
Recuerdo que la última vez que pisé ese lugar fue cuando murió mi abuelo. Pero ahora no se parece en nada a aquel lugar. A aquella mañana gris, lluviosa, por momentos negra. Pienso en el poder del cielo; en su capacidad para transformar mil veces un mismo escenario.
Detengo el paso. Me freno para observar lo que está a mi alrededor. No me alcanzan los ojos. Sigo caminando entre panteones de hormigón, donde yacen las exequias de la aristocracia fantasmal; de esas grandes personas, de esos humanos maravillosos que necesitan ser recordados como héroes. Me pregunto por qué el mundo es una mierda si está lleno de seres tan bondadosos y entrañables.
Llego a una zona donde hay pequeñas y humildes tumbas. Son miles y miles de desconocidos. Son muchos más que los anteriores, pero igual de maravillosos. Sus lechos están olvidados por el tiempo y el recuerdo. Están tan muertos como el fiambre que algún día llevaron dentro. Pienso en lo mínimo que somos: tan insignificantes y anónimos como una hormiga o un mosquito.
Y más allá, todo un ritual, una ceremonia mortuoria se despliega imponente. Llueven abrazos y llantos. Pienso en lo absurdo y necesario que es el dolor. Pienso que el cementerio es el reflejo de la sociedad; de sus desigualdades, de sus miserias, de su irracionalidad, de su putrefacción. Pienso en qué tenebroso sería aquel lugar de noche -otra vez, el poder del cielo-. Pienso, también, que sus calles interiores serían un gran lugar para aprender a manejar de una buena vez por todas.
Me canso de caminar. De pensar. Y salgo. Tengo hambre. En la heladera de casa me espera un arroz asqueroso. No tengo dinero, pero decido cruzar la avenida y gastar lo poco que me queda en el Imperio de
Fumo un cigarro. Eso me tranquiliza. Pienso que, al fin y al cabo, algún día sólo seré un puñadito de cenizas.
5 de marzo de 2012
Recuerdos
De repente, como si nada, una profunda angustia le anudó la garganta. No podía hablar, aunque las palabras le presionaba el pecho. Las pupilas se le llenaron de lágrimas, pero las gotas no caían por su rostro: estaban ahí detenidas, como atrapadas en la retina.
Se encontraba en el living, en soledad, con las manos cruzadas, recostado sobre uno de los almohadones del sillón y mirando el televisor. La pantalla vomitaba el culebrón de la tarde. Pero las imágenes y los sonidos –más que sonidos, eran ruidos despreciables- se convirtieron en apenas una grotesca música de fondo. El centro era otro. La cuestión era otra.
Sin saber por qué, sin sospechar siquiera una excusa, recordó el día en que sus padres se separaron. La imagen, la escena, se formó en su pensamiento como una nebulosa. Como si, de pronto, la máquina del tiempo que funciona en nuestro cerebro lo hubiese transportado a ese mismo momento. Recordó que estaba sentado en ese mismo sillón y en esa misma posición. Recordó dónde estaban sus hermanos y dónde sus padres. Recordó que tenía doce años, que eran las nueve de la noche en punto, que afuera llovía y que el olor a lluvia le encantaba. Recordó que ese día su padre apagó el televisor súbitamente, antes de sentarse junto a su madre, para empezar a hablar. Pero no podía recordar sus rostros y las expresiones de cada una de las caras eran difusas. Sí recordó que el trámite fue corto, que a las nueve y dieciséis ya había acabado todo, que las palabras dijeron mucho menos que los silencios. Y recordó, por último, que nunca había pensado en aquel momento. No recordaba más que eso.
Luego de unos minutos, las imágenes desaparecieron como si la red de pensamientos que se había formado en su mente hubiese sido pinchada con una aguja. Tuvo ganas de fumar un cigarrillo, y se lo prendió. El bochornoso culebrón de la tarde volvió a escena. Él aprovechó para pensar en otras cosas, más triviales, más artificiales.
Sin embargo, durante toda la semana ese instante, esos apenas tres o cuatro minutos, lo persiguieron en cada momento que la rutina lo permitía: antes de irse a dormir, o cuando viajaba en tren y miraba por la ventana los escombros de la vida cotidiana, pensando que podría pensar en nada. En esos momentos, un pánico interior lo sofocaba: ¿por qué, después de diez años, había vuelto a pensar en eso? Si nunca lo había hecho. Si desde siempre había tomado la separación de sus padres como algo completamente normal. “Cosas que pasan en cualquier familia”, se dijo durante esos diez años. ¿Por qué, ahora, aquel fantasma le llenaba los ojos de lágrimas?
Uno de esos días, bajó las escalinatas de la estación Flores, entre olor a meo y a laburante, para encontrarse con su madre. La excusa, como siempre, era el mate. La verdadera razón: verse, darse un beso, un pequeño abrazo, contarse lo de siempre, preguntarse cómo andan las cosas, hablar del trabajo, criticar a alguien, discutir por algo, coincidir en mucho, reirse.
Decidió hablar del tema con ella. Necesitaba preguntarle. Necesitaba saber.
Su madre escuchó la historia atentamente, entre chupadas a la bombilla y un trocito de medialuna. Ella sostuvo que él recordó todo perfectamente. Se sorprendió por la exactitud con que describió la escena y la precisión de los horarios. Se sorprendió, también, porque ella tampoco había olvidado cómo llovía aquel día. Pero, le dijo, que él no recordaba un detalle. “En ese momento, te quedaste duro. Los ojitos se te llenaron de lágrimas, pero las gotas no caían. Te fuiste a dormir sin poder decir una palabra”.
Él recordó que así, de idéntica forma, se había puesto aquel día, cuando miraba el culebrón de la tarde. Y odió los recuerdos.
23 de febrero de 2012
19 de febrero de 2012
Retrato de una (sobre)viviente
Hay dos palabras que, por distintos motivos, atravesaron y cambiaron la vida de Mariana: violación y muerte. Ambas forman parte de esa inmensa caja de tabúes que encierra a la sociedad occidental. De eso no se habla. O nadie quiere hablar. Uno apenas menciona esos temas, muy extrañamente, en una catarsis etílica o entre cuatro paredes y un diván. Pero casi siempre se niegan vanamente. Sin embargo, Mariana no sólo habla de ellos, sino que hasta se atrevió a incorporarlos a su vida. A su historia. Una historia que, pese a esas oscuras y cercanas experiencias, está llena de vida.
Ojos llamativos y verdes. Eso es lo primero que encandila en su figura. Dice que recibió los 30 años “con alegría”, aunque en las fotos parece mucho más joven. Vive en Núñez, en compañía de su gata Eva, y está soltera. Hace tiempo que trabaja en gastronomía, pero aclara que antes hizo “muchas cosas”. Este cronista también: el temor que generó el sólo recordarlas llevó a no ahondar demasiado en el tema.
Los últimos dos años, Mariana trabajó en el restaurante Chateau, un salón exclusivo para los dueños de un edificio de la calle Libertador, del que es socia junto a su hermana y una amiga. “El rubro me parece uno más. Tiene cosas que me gustan. Una de ellas es que no todo es tan rutinario como parece. Si bien tenés una estructura permanente, también se resuelven o afrontan cosas en el momento. Es interesante como conocés a las personas a través de la comida, de sus gustos y sus costumbres”, suelta. Y enseguida agrega: “Lo más desgastante es el público. Al ser un lugar exclusivo a veces se confunden y piensan que vos sos su empleada, te tratan como si vos fueras su cocinera y se exceden en el trato y en los pedidos”.
Uno de esos viles comensales es el famoso conductor Lucho Avilés, quien en medio de una cena acusó a Mariana de ser una mujer “peligrosa”. “Me dijo que mi mirada me delata”, cuenta ella. Peligrosa o no, sabe que su principal arma en la vida es tener el “no fácil”: “Nadie respeta a alguien que dice que sí permanentemente. Es posible que les sea útil, pero no lo respetan”, asegura, tajante. No está disconforme en el mundo de la gastronomía. Pero su objetivo es ejercer el periodismo y morir en el intento.
Los momentos más trascendentes de la vida de Mariana están en su pasado. Son esos hechos que marcan a fuego la vida de cualquier persona y que, de sobrevivir, determinan un antes y un después. Esos hechos que pueden atormentar a un ser humano a tal punto de encadenar su vida lenta y silenciosamente, hasta triturar los últimos resquicios de felicidad.
La primera de estas huellas eternas quedó tatuada a los 16 años. Mientras caminaba por una cumbre de una insignificante caída de agua en Sierra de
Siete años después, una bomba atómica cayó sobre sus espaldas. Mariana descubrió, a través de su cuñada, que su hermano mayor había sido violado, durante largo tiempo, por un familiar. Ahí entendió por qué él tenía esa mirada tan triste y rabiosa. “Durante años le había preguntado qué era lo que le pasaba, obteniendo como respuesta una mirada perdida en lo lejos. Insistí muchísimo”, cuenta, con la resignación propia de un boxeador que intuye el final de su carrera, pero que no se da por vencido. Con eso aprendió a respetar al miedo. Y, también, que pocas personas quieren conocer la realidad: “Mis padres lo supieron en ese mismo momento y optaron por no hacer nada. Vi mucha hipocresía, orgullo y dolor. Eso me marcó la cancha. Me mostró en qué equipo jugamos”.
Este drama fue el pensamiento más recurrente de Mariana durante muchos años. Pero, al igual que con su cercana experiencia a la muerte, supo romper las triviales cadenas del inconsciente: “Ahora, mi pensamiento más común es darme rienda suelta. Me gusta vivir”.
Ella asegura que no hay nada en el mundo que la aterre más que los fantasmas. Incluso, dice que si viese uno tendría un infarto al instante. Aunque quizás no lo sepa, nadie podría negar que ya vio a muchos. Y sobrevivió.
Fantasías con Scarlett
Se desvestía lenta y suavemente. Todos –productores, camarógrafos, los pibes del catering- quedaron obnubilados. Imaginen, queridos lectores, que están ante la mujer más hermosa del mundo. Y que ella, además, se está desnudando para ustedes. El cuerpo más armónico, la boca más provocadora y las tetas mejor moldeadas de la galaxia, todo servido en banquete. Hubiésemos anhelado con el alma encontrarnos en un hotel alojamiento -o simplemente en una orgía romana-, pero sólo se trataba de una producción fotográfica.
Uno cree que estas cosas se dan únicamente en el universo de lo onírico. Sin embargo, por alguna razón, en algún momento de la vida, dejan de ser fantasía para convertirse en realidad.
El idiota que suscribe pasó por situaciones complicadas en su miserable historia: violentos secuestros, tours por las favelas más peligrosas, recorridos por el conurbano profundo y picante… Pero, después de semejante imagen, nunca nada iba a ser tan difícil como entrevistar a Scarlett Johansson.
31 de enero de 2012
Un viaje al corazón de la Rocinha
Son las ocho de la mañana de un domingo algo nublado y tengo un incipiente dolor de estómago. No es por un exceso de caipiriña: son puros nervios. En una hora subiré a una combi de la empresa Favela Tour y viajaré a El precio del viaje es de 65 reales, unos 150 pesos argentinos. A las nueve, puntual y con un apretón de manos, Luigi, el guía turístico, va recibiendo al grupo. Tiene alrededor de 50 años, es carioca y habla un buen español. Dentro del coche esperan otros siete pasajeros: tres mexicanos, dos españoles y dos chilenos.
El recorrido comienza con una breve introducción sobre la situación socioeconómica brasileña. Para Luigi, pese a que el país se convirtió en la sexta economía del mundo, la salud y la educación pública –destinadas principalmente a las familias que viven en favelas– siguen siendo muy malas. Sin embargo, el guía vaticina que en 20 años serán potencia.
A medida que nos acercamos a destino, los contrastes propios de una urbe como Río son más profundos. Caminos cada vez más angostos y calles menos transitadas. También aparecen monumentales colegios privados, a los que concurren los niños privilegiados de la sociedad carioca. Allí nomás, luego de pasar frente a un hospital de lujo, está la entrada a
Antes de llegar, Luigi advierte que el tour, realizado ininterrumpidamente desde 1992, “tiene como objetivo dar una nueva perspectiva y entendimiento sobre los distintos aspectos de lo que es
Mientras ingresamos, todavía en
Uno de los turistas mexicanos pregunta si puede usar su cámara digital y Luigi responde que, ahora, no hay problema. “Antes de la pacificación, los narcos sólo las permitían en algunos lugares. Por ejemplo, ese pasillo de ahí –señala con el índice un recoveco oscuro– hasta hace poco era una boca de fumo.” En español: un punto de venta de drogas, que funcionaba tanto para el comercio al interior de la favela como para los vecinos acomodados de Ipanema, Gávea y Barra de Tijuca. Pero estos compradores no se acercaban hasta la barriada: llamaban por teléfono y la mercadería les era llevada hasta la puerta de sus domicilios por “aviones”, unos jóvenes que bajaban del morro para hacer el delivery.
Eso, insiste Luigi, era antes de la “pacificación”. Desde entonces,
Todo comenzó en noviembre del año pasado, cuando el Batallón de Operaciones Especiales (BOPE), cuerpo de élite de
En los primeros días de ocupación, los efectivos del BOPE incautaron 148 kilos de explosivos, 132 armas, 23 mil municiones, dos bazucas y hasta un lanzacohetes con potencia para derribar un helicóptero blindado. También se secuestraron 350 kilos de drogas de diferentes tipos. Más tarde, gracias a la “pacificación”, junto con la policía militar hizo su desembarco todo un verdadero ejército de empresas privadas, para ofrecer a los habitantes servicios de televisión digital, internet y telefonía, entre otros lujos urbanos. Una combinación perfecta entre seguridad y buenos negocios.
“Como se imaginan, Brasil no puede realizar el Mundial 2014 y los Juegos Olímpicos si desde las favelas, que están frente a los estadios, hay gente con bazucas o granadas”, resume Luigi. Pese a eso, considera que con
Ya en
Por fortuna, lo que sigue es disfrutar de la imagen panorámica que ofrece un mirador, propiedad de un vecino. La vista es imponente: miles y miles de casas coloridas, construidas con ladrillo, pequeñas, apiladas una sobre otra a lo largo del morro. Más arriba, montaña. Y un poco más arriba, las nubes.
Desde ese mismo mirador, otra vez aparecen los contrastes. El millar de casitas humildes se confunde con los hoteles cinco estrellas de las playas de Gávea, una zona turística que recién comienza a ser explotada. Y en dirección a Ipanema surge, imponente, el Sheraton Hotel. A su lado, la favela de Vidigal. Luigi, por su parte, sostiene que en Brasil “no existe lo que se conoce como lucha de clases”. En ese momento, imaginé a Marx revolviéndose en su tumba londinense de Highgate.
El recorrido continúa por estrechas callecitas, en su mayoría asfaltadas, que suben, bajan y se llenan de un tráfico insoportable, copado por las pequeñas mototaxis, que llevan a un pasajero por un real. El guía acota que por allí, alguna vez, corrió Juan Manuel Fangio. Uno entre tantos visitantes ilustres, desde el papa Juan Pablo II a Michael Jackson. Después, señala hacia los costados del camino donde hay pilas de basura acumulada, con su correspondiente olor. A esto se suma que no hay desagües y que la provisión de agua potable es un privilegio de muy pocos.
La tercera y última parada es un punto “céntrico”. Se ven mercaditos, negocios varios y vendedores ambulantes. También hay casas de comidas rápidas y tres agencias bancarias. Son tres bancos distintos, con cajeros automáticos incluidos, por los que antes, todos los días, se movían millones de reales gracias al negocio de los narcos. En ese paisaje, lo único que recuerda a una villa porteña es el cablerío que tapa el orizonte, con un riesgo constante para los vecinos. Todo lo demás es distinto. Inclusive el aroma: el olor a cloaca, en este caso, se combina con un tufillo a cerveja y peixe frito. De fondo, el ritmo de un tambor, como en cualquier rincón de Brasil, se hace eterno.
Luigi agrega que, junto a los pequeños comercios, los rubros que más empleo dan a los habitantes de
Esperando por una cerveza, veo los rostros de los vecinos que pasan caminando. Es difícil: los europeos no paran de retratarlos. Contra todas las recomendaciones de Luigi, me acerco a un carioca que fuma en la puerta de su casa. Se llama João Paulo, tendrá 30 años, es hincha de Vasco da Gama y vive en
El tour llega a su fin y emprendemos la retirada. Contra toda la evidencia acumulada en tres horas de recorrido, Luigi sostiene que “en la actualidad, Río es una ciudad donde hay total integración entre la urbe y las favelas”. Lo escucho en silencio y pienso que, en realidad, Río es otra cosa. Es la ciudad de las playas saladas y las frutas dulces, del cemento gris y la naturaleza verde, de la cerveza fría y las curvas calurosas, de los bares que cierran a la madrugada y las putas que no duermen, del exceso en la noche y la paz en el día, de los hoteles lujosos y la gente que vive en las calles, de las agencias bancarias enquistadas en el corazón de la pobreza.
La ciudad de las contradicciones.
Eso es Río. Y
10 de enero de 2012
16 minutos

Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Champagne, mar y dos millones de hormigas vestidas de blanco a mi alrededor. Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Las doce de la noche. Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Una lluvia de fuegos artificiales viene sobre mí. Parece que su luz me va a quemar, pero no. Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Boom. Boom. ¡Boom! Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Siento que mi cuerpo se estremece. ¿Estoy muy emocionado o muy drogado? Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Quizás las dos cosas. Tic-tac, tic-tac, tic-tac. A mi lado, una rubia llora. Por el momento, no me contagia. Sólo pienso que está más buena que tomarse una cerveza frente al mar. Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Los colores del cielo varían. Rojo, verde, azul, plateado. Mis pupilas se dilatan y el horizonte me hipnotiza. No puedo dejar de ver. Ni siquiera pestañeo. Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Por primera vez, el sonido del estruendo es como una música que acompaña el movimiento de mis pies. Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Los escalofríos conquistan mi cuerpo. Ahora están por todas partes: en las piernas, en el estómago, en las manos, en el pecho, en la mandíbula. Tic-tac-, tic-tac, tic-tac. ¿Tengo miedo? Quizás un poco. Pero es ese miedo, esa adrenalina habitual que te invade frente a lo desconocido. Es natural que tenga miedo, pienso. Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Los fuegos artificiales continúan. Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Boom. Boom. ¡Boom! Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Las hormiguitas que tenía alrededor ahora caminan por mi cuerpo. Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Estoy deslumbrado, quiero que la vida sea así para siempre. Tic-tac, tic-tac, tic-tac…
De pronto, el fuego se llama a silencio. El escenario vuelve a ser vacío y negro como antes. En la mudez y la oscuridad, siento demasiadas cosas. Debería vivir dos veces para poder describir todo lo que pasa por mi cuerpo.
Sólo algunas ideas se organizan con claridad. Me siento mínimo y efímero frente a un mundo que se convirtió en templo de la exageración. Pienso que el tiempo no existe de modo objetivo: el tic-tac se oye con mayor o menor celeridad dependiendo de cada mente. Esos 16 minutos fueron, para mi, apenas una ráfaga de luz.
Por fin, las hormigas bajan de mi cuerpo y se abrazan, se besan, se tocan. Un carioca me sirve champagne y grita: “¡Feliz ano novo!”.
Aturdido, lloro. Lloro como un nene. Lloro de felicidad.
17 de octubre de 2011
Miserias de un joven que busca cerveza
Pregunté en varios locales, en pizzerías y restaurantes. En otros kioscos. Todas las respuestas fueron idénticas: "A esta hora ya no vendo alcohol, pibe". Intenté sobornar a un mozo: me fulminó con una mirada temeraria.
En la calle me crucé con todo tipo de personaje. Villa Crespo está compuesta por ese crisol de etnias, colores y clases sociales que me recuerda al barrio donde nací: Flores, hermoso y misterioso como pocos. La clase alta judía e hiper-ortodoxa se funde en la misma paleta con los cartoneros que se toman el San Martín para regresar a San Miguel o José C. Paz; los bolivianos y peruanos se acurrucan en los rincones del paseo de compras de Corrientes y Dorrego (popularmente conocido como "boli-shop") con la clase media macrista que adquiere una auténtica camiseta de Messi por sólo 80$. Villa Crespo es así, tan linda y terrible a la vez.
Uno de los personajes con los que me crucé me pidió monedas. La falta de visión potenció mi sentido olfativo: el hombre tenía un olor verdaderamente desagradable. Su aroma me retrotrajo a aquella vez que fui a hacer una nota periodística a un predio del CEAMSE, donde la mierda está por todos lados, por lo que tomé una prudente distancia.
El vagabundo tenía una barba de meses, quizás años. Sus pupilas, negras como la noche, dilatadas y brillosas, reflejaban una larga borrachera. "Por favor, no como hace una semana", balbuceó. Hurgué en mis bolsillos y le di una moneda de 25 centavos. Siempre me caractericé por ser una persona muy generosa.
Derrumbado, agotado de caminar, estresado, resignado, emprendí la vuelta a casa con los dos envases de cerveza vacíos bajo el brazo. En el regreso, sin embargo, sucedió algo increible. Dos tipos que caminaban por la vereda de enfrente gritaron al unísono: "Amigo, si buscás birra tenés que ir al chino de acá a la vuelta". Fueron dos ángeles que cayeron del cielo.
Efectivamente, el supermercado chino que señalaron estaba abierto, reluciente, a dos cuadras de la cancha de Atlanta. La maldita miopía no me había permitido descubrirlo. Me abalancé sobre la góndola de cervezas, elegí mi favorita -Stella Artois- y como un chico con juguete nuevo me zambullí en la caja para pagar.
Poco a poco, mi sonrisa se fue convirtiendo en una mueca dubitativa y temblorosa. Una soga invisible me anudó la garganta y hasta me dio verguenza observarme en el espejo que está en la entrada del edificio donde vivo.
Ya nada -ni siquiera la cerveza- podría salvar esa noche.
7 de octubre de 2011
Solo
1 de octubre de 2011
Charrúas
Un pueblito inhóspito, una playa desierta, piedras calientes y sol. No se oye absolutamente nada: los pájaros y el viento parecen estar encapsulados en una película muda. La espuma de la cerveza se confunde con la del mar y la ciudad se vuelve cada vez más gris.Una inmensa soledad envuelve la tarde. Se ve gente que camina a lo lejos. Son espectros: no existen, pero están ahí.
De repente, la noche. La rambla se convierte en cita obligada para las historias, para las mentiras y la ronda de mates. Todos van con su termo bajo el brazo: cuando manejan, cuando volantean una bicicleta, cuando juegan al fútbol, cuando están a punto de enamorarse.
Brota una guitarra que rompe con la mudez eterna. Corren unas rabas, unos chipirones y una Pilsen fresca. El mar se confunde con el horizonte y el faro, un tótem de casi 200 años, guía los destinos de cada corazón. El aroma del eucalipto se esparce en el aire como si fuese empujado por una brisa de tranquilidad. Todo parece tan natural.
En medio de una oscuridad absoluta, las luces de los barquitos, a lo lejos, reflejan el cielo a la perfección.
26 de septiembre de 2011
Calzas
Allá está ella. A tres metros. Ahora a dos. Ahora estoy encima suyo. No me soporta: es cierto, soy cargoso. Pero me llena de besos. Me acaricia la barbilla, se esconde bajo las sábanas y me invita a seguirla. Es mi musa. Lo sabe y no lo sabe. Lo quiere creer, pero no lo cree. Siempre duda.
Tiene unas calzas blancas y una tanga roja. Si estuviese en la calle, alteraría el orden social vigente. Sería una terrorista del amor. De eso sí que no hay duda.
Quiero cerveza, pero no llego a alcanzarla. Me meto entre las sábanas y me pierdo eternamente.
Pasa una hora. Ella agarra su carterita y se va. No, no se va: vuelve antes de cerrar la puerta. Me besa la frente y mirándome con esos ojos negros tan perturbadores, me dice al oído:
- Disfrutá, nene, que la felicidad no es eterna.
10 de septiembre de 2011
Camaleones
Se sintió poseída por una sensación única, como cuando uno es consciente de que está experimentando, con todos sus sentidos, la felicidad. “¿Hay algo mejor que eso?”, se preguntó asimisma, en silencio, dirigiéndose a su álter-ego. “No, no hay nada mejor”, se respondió a los 2,3 segundos. Sintió también una profunda sensación de sueño. El sueño la invadía, la abrigaba, le desvalijaba el alma. Pero no quería dormir. Quería hacer una y mil cosas a la vez. Sin embargo, no podía moverse. La cama de una plaza que la atajaba entre sus sábanas era, al mismo tiempo, un agujero negro que la abstraía de la realidad. Allí era verdaderamente libre; libre de todos y cada uno de los prejuicios sociales, las moralidades y las moralinas. "Libre de todos", se dijo. En fin, sinceramente libre. Y después pensó que no había palabra más hermosa en el mundo que "camaleones". Es cierto, es pulcramente hermosa. También recordó que no sabía escribir la palabra "alicate". ¿Se escribirá así?
A mil kilómetros sonaba un viejo televisor. Era una película: en inglés, por suerte. Simplemente acariciaba los oídos. Y así esperaba, desnuda, que la envuelva el rojo de la tarde, que iluminaba la habitación de forma entrecortada desde la ventana semi-cerrada. El color era perfecto: un amarillo dorado, como el color de la cerveza cuando se la observa a trasluz.
Había terminado de fumar un cigarrillo de marihuana y tenía muchas ganas de dormir. Dormir es salud. Volviendo a dirigirse a su alter-ego, se respondió nuevamente: “No, no hay nada mejor”.
18 de julio de 2011
La Veredita
En
En
En
En
En
La Veredita está a media hora del Obelisco. Allí todos corren, nada ni nadie se detiene. Allí nadie se interesa por ver a los invisibles de la ciudad. Los sacos y las corbatas asfixian a la humanidad.
25 de junio de 2011
Pastillas para no soñar
Yo no quiero soñar. No me interesa. No quiero saber de mis deseos, de mis miedos y mis miserias. Ya suficiente con tener que soportarlas durante el día.
Porque, al fin y al cabo, los sueños son eso. ¿Quién creó esa falsa imagen de los sueños como aquel lugar donde se esconde, entre las neuronas, la felicidad? No. Atrás de las neuronas hay mugre. Y mucha.
Los sueños son otra cosa. Son la máxima expresión del miedo. La mentira develada. El letargo infinito. La caída inevitable. Una lluvia de verdades.
Ayer, justo ayer, fue el beso inconcluso de la mina que te vuelve loco, que te boxea las entrañas, que te acorrala oníricamente contra las cuerdas. Y ese sueño aumentó un decibel tu grado de locura. Te despertaste pensándola. Y te fuiste a dormir, dos mil horas después, pensándola. La pucha. El cerebro no para ni un minuto. Es un hamster en una ruedita después de tres café-veloz. Y el corazón se acelera.
¿No puedo dormir, tan sólo una noche, tranquilo? ¿No puedo no pensar por una vez? No encontré la respuesta ni buscándola en Google.
Y decían que los sueños son algo hermoso.
Soñar es un periplo a lo más profundo del yo. Y ese viaje es duro.
¿Habrá pastillas para no soñar?
12 de junio de 2011
Chica Puán
8 de junio de 2011
Ex`s
- Jamás le pongas Coca Light al fernet.
- Callate, idiota.
Fue la última vez que te vi. Después vomité, vomitaste, cosas, mentiras, verdades, miserias, puteadas. Voló un cenicero que se convirtió en espejo; cada vez más cenizas y menos fuego. Un colectivo me dejó en estación depresión, a dos cuadras del infierno.
Pensé que era libre. Pero estoy más atado que una puta a su proxeneta. Sos un orgasmo de nunca acabar.
- ¡Mi corazón no es un hotel!
Ese grito todavía me retrotrae a tu paraíso. Como esos olores que te trasladan a cualquier recuerdo. Como esas canciones que abrigan la angustia y maquillan la piel.
No me pidas que me meta en tu inconsciente. Ni siquiera, por temor, entro al mío. Y otra vez tropecé con la misma piedra.
Pronto serás poesía, borrachera o canción.
27 de mayo de 2011
El verdadero desencuentro
Chona, incapaz de elegir a uno de los próceres, y acostumbrada a despojarse de toda moralina sexual, propuso quedarse con los dos, y así repetir eternas escenas de amor bajo el atardecer de las costas ecuatorianas.
Pero cuando todo parecía llegar a un acuerdo, de la mano de la mañana también llegó la sobriedad propia de la resaca. San Martín y Bolívar se miraron con infinito respeto durante unos segundos, sin siquiera balbucear una palabra. Al instante, y de forma casi imperceptible, bajaron las cabezas y cada uno comenzó a marchar hacia la dirección opuesta. Desde ese día, no se vieron nunca más. Los cerebros de los libertadores, aunque muy capaces, pecaron de occidentales.
26 de mayo de 2011
El amor occidental y privado
Un perro

25 de mayo de 2011
(In)seguridad

La gente corre, huye, se esconde desesperadamente. Cierran las puertas, las traban con llaves, candados, seguros. Afuera está el mal: ladrones, asesinos, violadores, pungas, negros, enfermos, drogadictos, alcohólicos. Todos acechando, a la espera de encontrar una ingenua víctima. Sin embargo, los que se ocultan tras sus confortables sofás, en sus lujosas habitaciones o en sus angustiosos comedores, no saben que, cuando se cierre la última puerta, caerán prisioneros del peor de los males: la televisión. Y allí estarán tan inseguros como antes.
Preguntontas
¿Por qué en un determinado momento de la vida dejamos de ser esos niños imprudentes y desprejuiciados para convertirnos en unos miserables y serios adultos? ¿Por qué la llama que enciende nuestros sueños ingenuos e infantiles se apaga con el hielo de la rutina? ¿Por qué debemos abandonar el libertinaje de la infancia para encadenarnos a otro ser humano de por vida? ¿Por qué los gritos desgarradores de la niñez -esos gritos que atraviesan la garganta, condenando a aquellos personajes nefastos, llorando las injusticias, llamando a los demás por su verdadero nombre- se convierten en murmullos y susurros temerosos en el momento que nos consideramos adultos? ¿Por qué es tan fácil besarnos y mirarnos a los ojos oníricamente, amarnos y confesarlo en nuestros años de fabulosa ingenuidad, pero nos resulta tan complicado hacerlo en la madurez? ¡Ah, cierto, el ser humano... maldito ser humano!
