30 de mayo de 2012

Gracias, Hermes

En  el amanecer de este miércoles 30 de mayo, se apagó el querido Hermes, nacido, en realidad, como Hermenegildo.
Se guardó para el final un gesto acorde a su carácter original, rebelde y cabrón:
con el ultimo aliento, casi sin movilidad, se desplazó desde su cucha hasta un estante para morir abrazado a un libro de humor, mas precisamente de Quino, curiosamente titulado: "Esto no es todo". Y sobre esa frase echó un expresivo meo postrero.
Hermes fue un gran compañero de vida, calidad difícil de encontrar a menudo en el género humano. Con él, gracias a él, entendí porque Mark Twain escribió que "si fuera posible cruzar a un hombre con un gato,
mejoraría el hombre... pero se deterioraría el gato".

7 de abril de 2012

De cementerios

Salgo a caminar por el parque Los Andes. No tengo un rumbo definido, pero la brisa y los rayos del sol me llevan hacia delante, me impulsan, me empujan con fuerza. Me envuelve ese aroma inconfundible de la naturaleza, aunque a pocos metros la avenida Corrientes despide su bronca, su rutina cotidiana.
Camino por el cielo verde. Camino para mirar. Camino para pensar. Los colores del parque se mezclan con los de la feria, atiborrada de especias y necesidades. Pienso en tirarme a dormir una siesta bajo la sombra de un árbol; pienso qué lindo sería fumarse un porrito mientras el sol me calcina y el pasto me besa la piel.
Sigo caminando. Llego al cementerio de Chacarita. Dudo. Vuelvo a pensar. Entro.
Recuerdo que la última vez que pisé ese lugar fue cuando murió mi abuelo. Pero ahora no se parece en nada a aquel lugar. A aquella mañana gris, lluviosa, por momentos negra. Pienso en el poder del cielo; en su capacidad para transformar mil veces un mismo escenario.
Detengo el paso. Me freno para observar lo que está a mi alrededor. No me alcanzan los ojos. Sigo caminando entre panteones de hormigón, donde yacen las exequias de la aristocracia fantasmal; de esas grandes personas, de esos humanos maravillosos que necesitan ser recordados como héroes. Me pregunto por qué el mundo es una mierda si está lleno de seres tan bondadosos y entrañables.
Llego a una zona donde hay pequeñas y humildes tumbas. Son miles y miles de desconocidos. Son muchos más que los anteriores, pero igual de maravillosos. Sus lechos están olvidados por el tiempo y el recuerdo. Están tan muertos como el fiambre que algún día llevaron dentro. Pienso en lo mínimo que somos: tan insignificantes y anónimos como una hormiga o un mosquito.
Y más allá, todo un ritual, una ceremonia mortuoria se despliega imponente. Llueven abrazos y llantos. Pienso en lo absurdo y necesario que es el dolor. Pienso que el cementerio es el reflejo de la sociedad; de sus desigualdades, de sus miserias, de su irracionalidad, de su putrefacción. Pienso en qué tenebroso sería aquel lugar de noche -otra vez, el poder del cielo-. Pienso, también, que sus calles interiores serían un gran lugar para aprender a manejar de una buena vez por todas.
Me canso de caminar. De pensar. Y salgo. Tengo hambre. En la heladera de casa me espera un arroz asqueroso. No tengo dinero, pero decido cruzar la avenida y gastar lo poco que me queda en el Imperio de la Pizza.
Me voy del lugar sin un centavo en los bolsillos. Quizás fue un error la segunda grande de muzzarella. Quizás no llegue a pagar el alquiler.
Fumo un cigarro. Eso me tranquiliza. Pienso que, al fin y al cabo, algún día sólo seré un puñadito de cenizas.

5 de marzo de 2012

Recuerdos

De repente, como si nada, una profunda angustia le anudó la garganta. No podía hablar, aunque las palabras le presionaba el pecho. Las pupilas se le llenaron de lágrimas, pero las gotas no caían por su rostro: estaban ahí detenidas, como atrapadas en la retina.
Se encontraba en el living, en soledad, con las manos cruzadas, recostado sobre uno de los almohadones del sillón y mirando el televisor. La pantalla vomitaba el culebrón de la tarde. Pero las imágenes y los sonidos –más que sonidos, eran ruidos despreciables- se convirtieron en apenas una grotesca música de fondo. El centro era otro. La cuestión era otra.
Sin saber por qué, sin sospechar siquiera una excusa, recordó el día en que sus padres se separaron. La imagen, la escena, se formó en su pensamiento como una nebulosa. Como si, de pronto, la máquina del tiempo que funciona en nuestro cerebro lo hubiese transportado a ese mismo momento. Recordó que estaba sentado en ese mismo sillón y en esa misma posición. Recordó dónde estaban sus hermanos y dónde sus padres. Recordó que tenía doce años, que eran las nueve de la noche en punto, que afuera llovía y que el olor a lluvia le encantaba. Recordó que ese día su padre apagó el televisor súbitamente, antes de sentarse junto a su madre, para empezar a hablar. Pero no podía recordar sus rostros y las expresiones de cada una de las caras eran difusas. Sí recordó que el trámite fue corto, que a las nueve y dieciséis ya había acabado todo, que las palabras dijeron mucho menos que los silencios. Y recordó, por último, que nunca había pensado en aquel momento. No recordaba más que eso.
Luego de unos minutos, las imágenes desaparecieron como si la red de pensamientos que se había formado en su mente hubiese sido pinchada con una aguja. Tuvo ganas de fumar un cigarrillo, y se lo prendió. El bochornoso culebrón de la tarde volvió a escena. Él aprovechó para pensar en otras cosas, más triviales, más artificiales.
Sin embargo, durante toda la semana ese instante, esos apenas tres o cuatro minutos, lo persiguieron en cada momento que la rutina lo permitía: antes de irse a dormir, o cuando viajaba en tren y miraba por la ventana los escombros de la vida cotidiana, pensando que podría pensar en nada. En esos momentos, un pánico interior lo sofocaba: ¿por qué, después de diez años, había vuelto a pensar en eso? Si nunca lo había hecho. Si desde siempre había tomado la separación de sus padres como algo completamente normal. “Cosas que pasan en cualquier familia”, se dijo durante esos diez años. ¿Por qué, ahora, aquel fantasma le llenaba los ojos de lágrimas?
Uno de esos días, bajó las escalinatas de la estación Flores, entre olor a meo y a laburante, para encontrarse con su madre. La excusa, como siempre, era el mate. La verdadera razón: verse, darse un beso, un pequeño abrazo, contarse lo de siempre, preguntarse cómo andan las cosas, hablar del trabajo, criticar a alguien, discutir por algo, coincidir en mucho, reirse.
Decidió hablar del tema con ella. Necesitaba preguntarle. Necesitaba saber.
Su madre escuchó la historia atentamente
, entre chupadas a la bombilla y un trocito de medialuna. Ella sostuvo que él recordó todo perfectamente. Se sorprendió por la exactitud con que describió la escena y la precisión de los horarios. Se sorprendió, también, porque ella tampoco había olvidado cómo llovía aquel día. Pero, le dijo, que él no recordaba un detalle. “En ese momento, te quedaste duro. Los ojitos se te llenaron de lágrimas, pero las gotas no caían. Te fuiste a dormir sin poder decir una palabra”.
Él recordó que así, de idéntica forma, se había puesto aquel día, cuando miraba el culebrón de la tarde. Y odió los recuerdos.

23 de febrero de 2012

Olas

No hay nada más estúpido que sentirse el faro de las olas que besan tu ilusión.

19 de febrero de 2012

Retrato de una (sobre)viviente

Hay dos palabras que, por distintos motivos, atravesaron y cambiaron la vida de Mariana: violación y muerte. Ambas forman parte de esa inmensa caja de tabúes que encierra a la sociedad occidental. De eso no se habla. O nadie quiere hablar. Uno apenas menciona esos temas, muy extrañamente, en una catarsis etílica o entre cuatro paredes y un diván. Pero casi siempre se niegan vanamente. Sin embargo, Mariana no sólo habla de ellos, sino que hasta se atrevió a incorporarlos a su vida. A su historia. Una historia que, pese a esas oscuras y cercanas experiencias, está llena de vida.
Ojos llamativos y verdes. Eso es lo primero que encandila en su figura. Dice que recibió los 30 años “con alegría”, aunque en las fotos parece mucho más joven. Vive en Núñez, en compañía de su gata Eva, y está soltera. Hace tiempo que trabaja en gastronomía, pero aclara que antes hizo “muchas cosas”. Este cronista también: el temor que generó el sólo recordarlas llevó a no ahondar demasiado en el tema.
Los últimos dos años, Mariana trabajó en el restaurante Chateau, un salón exclusivo para los dueños de un edificio de la calle Libertador, del que es socia junto a su hermana y una amiga. “El rubro me parece uno más. Tiene cosas que me gustan. Una de ellas es que no todo es tan rutinario como parece. Si bien tenés una estructura permanente, también se resuelven o afrontan cosas en el momento. Es interesante como conocés a las personas a través de la comida, de sus gustos y sus costumbres”, suelta. Y enseguida agrega: “Lo más desgastante es el público. Al ser un lugar exclusivo a veces se confunden y piensan que vos sos su empleada, te tratan como si vos fueras su cocinera y se exceden en el trato y en los pedidos”.
Uno de esos viles comensales es el famoso conductor Lucho Avilés, quien en medio de una cena acusó a Mariana de ser una mujer “peligrosa”. “Me dijo que mi mirada me delata”, cuenta ella. Peligrosa o no, sabe que su principal arma en la vida es tener el “no fácil”: “Nadie respeta a alguien que dice que sí permanentemente. Es posible que les sea útil, pero no lo respetan”, asegura, tajante. No está disconforme en el mundo de la gastronomía. Pero su objetivo es ejercer el periodismo y morir en el intento.
Los momentos más trascendentes de la vida de Mariana están en su pasado. Son esos hechos que marcan a fuego la vida de cualquier persona y que, de sobrevivir, determinan un antes y un después. Esos hechos que pueden atormentar a un ser humano a tal punto de encadenar su vida lenta y silenciosamente, hasta triturar los últimos resquicios de felicidad.
La primera de estas huellas eternas quedó tatuada a los 16 años. Mientras caminaba por una cumbre de una insignificante caída de agua en Sierra de la Ventana, resbaló con una mancha de verdín, rodó por el piso y cayó al precipicio. Como sólo sucede en las mejores películas de Hollywood, Mariana quedó sutilmente aferrada a una piedra dos metros más abajo. Mientras tomaba la roca, pensó: “Tanto tiempo temiendo verle la cara a Dios y, ahora, en tus vacaciones, se va a hacer realidad”. Convencida de que no quedaba nada por hacer, se dejó caer. En medio del letargo vio, efectivamente, al todopoderoso. Y sintió una “paz plena, íntegra, dinámica”. Nadie sabe cómo sobrevivió. Pero esa experiencia caótica, con tanta pulsión mortuoria, tuvo, paradójicamente, un efecto contrario: “Antes de eso me tensaba pensar en la muerte y en la vida. La experiencia me suavizó los músculos de la cara y también me aflojó la risa”.
Siete años después, una bomba atómica cayó sobre sus espaldas. Mariana descubrió, a través de su cuñada, que su hermano mayor había sido violado, durante largo tiempo, por un familiar. Ahí entendió por qué él tenía esa mirada tan triste y rabiosa. “Durante años le había preguntado qué era lo que le pasaba, obteniendo como respuesta una mirada perdida en lo lejos. Insistí muchísimo”, cuenta, con la resignación propia de un boxeador que intuye el final de su carrera, pero que no se da por vencido. Con eso aprendió a respetar al miedo. Y, también, que pocas personas quieren conocer la realidad: “Mis padres lo supieron en ese mismo momento y optaron por no hacer nada. Vi mucha hipocresía, orgullo y dolor. Eso me marcó la cancha. Me mostró en qué equipo jugamos”.
Este drama fue el pensamiento más recurrente de Mariana durante muchos años. Pero, al igual que con su cercana experiencia a la muerte, supo romper las triviales cadenas del inconsciente: “Ahora, mi pensamiento más común es darme rienda suelta. Me gusta vivir”.
Ella asegura que no hay nada en el mundo que la aterre más que los fantasmas. Incluso, dice que si viese uno tendría un infarto al instante. Aunque quizás no lo sepa, nadie podría negar que ya vio a muchos. Y sobrevivió.

Fantasías con Scarlett

Se desvestía lenta y suavemente. Todos –productores, camarógrafos, los pibes del catering- quedaron obnubilados. Imaginen, queridos lectores, que están ante la mujer más hermosa del mundo. Y que ella, además, se está desnudando para ustedes. El cuerpo más armónico, la boca más provocadora y las tetas mejor moldeadas de la galaxia, todo servido en banquete. Hubiésemos anhelado con el alma encontrarnos en un hotel alojamiento -o simplemente en una orgía romana-, pero sólo se trataba de una producción fotográfica.
Uno cree que estas cosas se dan únicamente en el universo de lo onírico. Sin embargo, por alguna razón, en algún momento de la vida, dejan de ser fantasía para convertirse en realidad.
El idiota que suscribe pasó por situaciones complicadas en su miserable historia: violentos secuestros, tours por las favelas más peligrosas, recorridos por el conurbano profundo y picante… Pero, después de semejante imagen, nunca nada iba a ser tan difícil como entrevistar a Scarlett Johansson.

31 de enero de 2012

Un viaje al corazón de la Rocinha

Son las ocho de la mañana de un domingo algo nublado y tengo un incipiente dolor de estómago. No es por un exceso de caipiriña: son puros nervios. En una hora subiré a una combi de la empresa Favela Tour y viajaré a la Rocinha, la paradigmática barriada de Río de Janeiro. Un lugar donde, según los medios internacionales, reinan el narcotráfico, la violencia y los asesinatos.
El precio del viaje es de 65 reales, unos 150 pesos argentinos. A las nueve, puntual y con un apretón de manos, Luigi, el guía turístico, va recibiendo al grupo. Tiene alrededor de 50 años, es carioca y habla un buen español. Dentro del coche esperan otros siete pasajeros: tres mexicanos, dos españoles y dos chilenos.
El recorrido comienza con una breve introducción sobre la situación socioeconómica brasileña. Para Luigi, pese a que el país se convirtió en la sexta economía del mundo, la salud y la educación pública –destinadas principalmente a las familias que viven en favelas– siguen siendo muy malas. Sin embargo, el guía vaticina que en 20 años serán potencia.
A medida que nos acercamos a destino, los contrastes propios de una urbe como Río son más profundos. Caminos cada vez más angostos y calles menos transitadas. También aparecen monumentales colegios privados, a los que concurren los niños privilegiados de la sociedad carioca. Allí nomás, luego de pasar frente a un hospital de lujo, está la entrada a la Rocinha, a minutos de barrios adinerados como los míticos Copacabana o Ipanema.
Antes de llegar, Luigi advierte que el tour, realizado ininterrumpidamente desde 1992, “tiene como objetivo dar una nueva perspectiva y entendimiento sobre los distintos aspectos de lo que es la Rocinha. No todo es violencia y asesinato, como se ve en la televisión”. Además, explica que en la sociedad brasileña la palabra “favela” todavía es un término despectivo. Por esa razón, prefiere hablar de “comunidad”.
Mientras ingresamos, todavía en la Traffic, Luigi ofrece más datos. De acuerdo al último censo, allí viven poco más de 70 mil personas, aunque las cifras extraoficiales hablan de 120 mil. A pesar de eso, apenas hay cuatro escuelas municipales y un puesto de salud. El guía también se refiere al origen del nombre la Rocinha. Cuenta que los primeros pobladores del lugar, en su mayoría agricultores humildes, decían que las hortalizas que cultivaban para subsistir venían de sus propias rocinhas, es decir, “ranchitos”.
Uno de los turistas mexicanos pregunta si puede usar su cámara digital y Luigi responde que, ahora, no hay problema. “Antes de la pacificación, los narcos sólo las permitían en algunos lugares. Por ejemplo, ese pasillo de ahí –señala con el índice un recoveco oscuro– hasta hace poco era una boca de fumo.” En español: un punto de venta de drogas, que funcionaba tanto para el comercio al interior de la favela como para los vecinos acomodados de Ipanema, Gávea y Barra de Tijuca. Pero estos compradores no se acercaban hasta la barriada: llamaban por teléfono y la mercadería les era llevada hasta la puerta de sus domicilios por “aviones”, unos jóvenes que bajaban del morro para hacer el delivery.
Eso, insiste Luigi, era antes de la “pacificación”. Desde entonces, la Rocinha ya no está dominada por la banda de narcotraficantes “Amigos dos Amigos”, cuya cabeza era Antonio Francisco Bomfim Lopes, más conocido como “Nem”. Hoy, el control está a cargo de los oficiales de la Unidad de Pacificación Policial (UPP), que caminan apaciblemente por las calles, portando unas ametralladoras temerarias.
Todo comenzó en noviembre del año pasado, cuando el Batallón de Operaciones Especiales (BOPE), cuerpo de élite de la Policía Militar, irrumpió en el morro, con helicópteros, tanques y vehículos blindados. Sin embargo, el operativo no fue violento y duró apenas dos horas: alertada, la banda de Nem se había fugado antes del ingreso de la UPP. De todas formas, el cabecilla pudo ser capturado más tarde, fuera de la favela.
En los primeros días de ocupación, los efectivos del BOPE incautaron 148 kilos de explosivos, 132 armas, 23 mil municiones, dos bazucas y hasta un lanzacohetes con potencia para derribar un helicóptero blindado. También se secuestraron 350 kilos de drogas de diferentes tipos. Más tarde, gracias a la “pacificación”, junto con la policía militar hizo su desembarco todo un verdadero ejército de empresas privadas, para ofrecer a los habitantes servicios de televisión digital, internet y telefonía, entre otros lujos urbanos. Una combinación perfecta entre seguridad y buenos negocios.
“Como se imaginan, Brasil no puede realizar el Mundial 2014 y los Juegos Olímpicos si desde las favelas, que están frente a los estadios, hay gente con bazucas o granadas”, resume Luigi. Pese a eso, considera que con la UPP la situación no mejoró: “En el último mes tuvimos tres robos, cuando antes ni siquiera había uno. Los narcotraficantes garantizaban la seguridad.” Este tipo de afirmaciones provocaron que desde 2002 la Oficina de Turismo de Río de Janeiro haya decidido no publicitar el trabajo de Favela Tour, por considerar que la compañía hace apología narco.
Ya en la Rocinha, la situación se vuelve surrealista. Un inmenso letrero amarillo, tras una pila de botellas de Coca Cola, recibe a los visitantes en tres idiomas, como si se tratara de un paseo por Disney World: “Bem vindo –Welcome –Bienvenido”, se lee en el cartel. Por si fuese poco, en la primera parada, Luigi nos invita a recorrer un puesto de artesanías, donde también pueden comprarse remeras con la leyenda “I love Rocinha”.
Por fortuna, lo que sigue es disfrutar de la imagen panorámica que ofrece un mirador, propiedad de un vecino. La vista es imponente: miles y miles de casas coloridas, construidas con ladrillo, pequeñas, apiladas una sobre otra a lo largo del morro. Más arriba, montaña. Y un poco más arriba, las nubes.
Desde ese mismo mirador, otra vez aparecen los contrastes. El millar de casitas humildes se confunde con los hoteles cinco estrellas de las playas de Gávea, una zona turística que recién comienza a ser explotada. Y en dirección a Ipanema surge, imponente, el Sheraton Hotel. A su lado, la favela de Vidigal. Luigi, por su parte, sostiene que en Brasil “no existe lo que se conoce como lucha de clases”. En ese momento, imaginé a Marx revolviéndose en su tumba londinense de Highgate.
El recorrido continúa por estrechas callecitas, en su mayoría asfaltadas, que suben, bajan y se llenan de un tráfico insoportable, copado por las pequeñas mototaxis, que llevan a un pasajero por un real. El guía acota que por allí, alguna vez, corrió Juan Manuel Fangio. Uno entre tantos visitantes ilustres, desde el papa Juan Pablo II a Michael Jackson. Después, señala hacia los costados del camino donde hay pilas de basura acumulada, con su correspondiente olor. A esto se suma que no hay desagües y que la provisión de agua potable es un privilegio de muy pocos.
La tercera y última parada es un punto “céntrico”. Se ven mercaditos, negocios varios y vendedores ambulantes. También hay casas de comidas rápidas y tres agencias bancarias. Son tres bancos distintos, con cajeros automáticos incluidos, por los que antes, todos los días, se movían millones de reales gracias al negocio de los narcos. En ese paisaje, lo único que recuerda a una villa porteña es el cablerío que tapa el orizonte, con un riesgo constante para los vecinos. Todo lo demás es distinto. Inclusive el aroma: el olor a cloaca, en este caso, se combina con un tufillo a cerveja y peixe frito. De fondo, el ritmo de un tambor, como en cualquier rincón de Brasil, se hace eterno.
Luigi agrega que, junto a los pequeños comercios, los rubros que más empleo dan a los habitantes de la Rocinha son el transporte y la construcción. También la venta de comida y la recolección de residuos en la playa. Tal vez, lo más llamativo sea que no se aprecia una miseria extrema, como varios de los tripulantes de la combi pudimos imaginar de antemano. La postal es más bien la de una clase baja que puja por acercarse a la clase media. El lugar tampoco transmite sensación de inseguridad.
Esperando por una cerveza, veo los rostros de los vecinos que pasan caminando. Es difícil: los europeos no paran de retratarlos. Contra todas las recomendaciones de Luigi, me acerco a un carioca que fuma en la puerta de su casa. Se llama João Paulo, tendrá 30 años, es hincha de Vasco da Gama y vive en la Rocinha desde pequeño. En portuñol le pregunto si le molestan los turistas. Niega con la cabeza. Con una sonrisa, explica: “Traen dinero”. Sobre la “pacificación”, cree que “está bien por la seguridad, pero la seguridad no es todo, ¿no?”. Dice que no piensa en abandonar la favela. Su trabajo está allí. Su vida está allí.
El tour llega a su fin y emprendemos la retirada. Contra toda la evidencia acumulada en tres horas de recorrido, Luigi sostiene que “en la actualidad, Río es una ciudad donde hay total integración entre la urbe y las favelas”. Lo escucho en silencio y pienso que, en realidad, Río es otra cosa. Es la ciudad de las playas saladas y las frutas dulces, del cemento gris y la naturaleza verde, de la cerveza fría y las curvas calurosas, de los bares que cierran a la madrugada y las putas que no duermen, del exceso en la noche y la paz en el día, de los hoteles lujosos y la gente que vive en las calles, de las agencias bancarias enquistadas en el corazón de la pobreza.
La ciudad de las contradicciones.
Eso es Río. Y la Rocinha está en uno de sus extremos.

10 de enero de 2012

16 minutos

Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Champagne, mar y dos millones de hormigas vestidas de blanco a mi alrededor. Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Las doce de la noche. Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Una lluvia de fuegos artificiales viene sobre mí. Parece que su luz me va a quemar, pero no. Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Boom. Boom. ¡Boom! Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Siento que mi cuerpo se estremece. ¿Estoy muy emocionado o muy drogado? Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Quizás las dos cosas. Tic-tac, tic-tac, tic-tac. A mi lado, una rubia llora. Por el momento, no me contagia. Sólo pienso que está más buena que tomarse una cerveza frente al mar. Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Los colores del cielo varían. Rojo, verde, azul, plateado. Mis pupilas se dilatan y el horizonte me hipnotiza. No puedo dejar de ver. Ni siquiera pestañeo. Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Por primera vez, el sonido del estruendo es como una música que acompaña el movimiento de mis pies. Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Los escalofríos conquistan mi cuerpo. Ahora están por todas partes: en las piernas, en el estómago, en las manos, en el pecho, en la mandíbula. Tic-tac-, tic-tac, tic-tac. ¿Tengo miedo? Quizás un poco. Pero es ese miedo, esa adrenalina habitual que te invade frente a lo desconocido. Es natural que tenga miedo, pienso. Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Los fuegos artificiales continúan. Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Boom. Boom. ¡Boom! Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Las hormiguitas que tenía alrededor ahora caminan por mi cuerpo. Tic-tac, tic-tac, tic-tac. Estoy deslumbrado, quiero que la vida sea así para siempre. Tic-tac, tic-tac, tic-tac…
De pronto, el fuego se llama a silencio. El escenario vuelve a ser vacío y negro como antes. En la mudez y la oscuridad, siento demasiadas cosas. Debería vivir dos veces para poder describir todo lo que pasa por mi cuerpo.
Sólo algunas ideas se organizan con claridad. Me siento mínimo y efímero frente a un mundo que se convirtió en templo de la exageración. Pienso que el tiempo no existe de modo objetivo: el tic-tac se oye con mayor o menor celeridad dependiendo de cada mente. Esos 16 minutos fueron, para mi, apenas una ráfaga de luz.
Por fin, las hormigas bajan de mi cuerpo y se abrazan, se besan, se tocan. Un carioca me sirve champagne y grita: “¡Feliz ano novo!”.
Aturdido, lloro. Lloro como un nene. Lloro de felicidad.

17 de octubre de 2011

Miserias de un joven que busca cerveza

Salí de casa tarde, poco después de las once de la noche. Estaba desesperado: había olvidado comprar cerveza y, a juzgar por el horizonte desolador de aquellas cuadras oscuras, sería muy dificil conseguir una. El supermercado chino, cerrado; la panchería de enfrente, justo al lado del puterío barrial, clausurada; el kiosco, aunque abierto las 24 horas, no expendía alcohol. No podía pasar una noche de sábado sin beber una sola gota de aquel elixir dorado.
Comencé a caminar sin brújula, con el optimismo de Martín Palermo y las dudas de Guido Suller. Advertí que había olvidado los anteojos en casa, por lo que estaba prácticamente ciego. Quien sufre de una aguda miopía sabe lo terrible que es eso. Quien no, imagínese el primer segundo en que una gota de jabón cae sobre el ojo: ese brutal instante en que el mundo se convierte en una neblina inmensa y la nitidez desaparece por completo. Para colmo, las luces de la calle, los faroles de los autos, los colores del semáforo y las vitrinas de los negocios encandilan tanto que provocan una sensación parecida a los sabrosos efectos del LSD o el éxtasis.
Pregunté en varios locales, en pizzerías y restaurantes. En otros kioscos. Todas las respuestas fueron idénticas: "A esta hora ya no vendo alcohol, pibe". Intenté sobornar a un mozo: me fulminó con una mirada temeraria.
En la calle me crucé con todo tipo de personaje. Villa Crespo está compuesta por ese crisol de etnias, colores y clases sociales que me recuerda al barrio donde nací: Flores, hermoso y misterioso como pocos. La clase alta judía e hiper-ortodoxa se funde en la misma paleta con los cartoneros que se toman el San Martín para regresar a San Miguel o José C. Paz; los bolivianos y peruanos se acurrucan en los rincones del paseo de compras de Corrientes y Dorrego (popularmente conocido como "boli-shop") con la clase media macrista que adquiere una auténtica camiseta de Messi por sólo 80$. Villa Crespo es así, tan linda y terrible a la vez.
Uno de los personajes con los que me crucé me pidió monedas. La falta de visión potenció mi sentido olfativo: el hombre tenía un olor verdaderamente desagradable. Su aroma me retrotrajo a aquella vez que fui a hacer una nota periodística a un predio del CEAMSE, donde la mierda está por todos lados, por lo que tomé una prudente distancia.
El vagabundo tenía una barba de meses, quizás años. Sus pupilas, negras como la noche, dilatadas y brillosas, reflejaban una larga borrachera. "Por favor, no como hace una semana", balbuceó. Hurgué en mis bolsillos y le di una moneda de 25 centavos. Siempre me caractericé por ser una persona muy generosa.
Derrumbado, agotado de caminar, estresado, resignado, emprendí la vuelta a casa con los dos envases de cerveza vacíos bajo el brazo. En el regreso, sin embargo, sucedió algo increible. Dos tipos que caminaban por la vereda de enfrente gritaron al unísono: "Amigo, si buscás birra tenés que ir al chino de acá a la vuelta". Fueron dos ángeles que cayeron del cielo.
Efectivamente, el supermercado chino que señalaron estaba abierto, reluciente, a dos cuadras de la cancha de Atlanta. La maldita miopía no me había permitido descubrirlo. Me abalancé sobre la góndola de cervezas, elegí mi favorita -Stella Artois- y como un chico con juguete nuevo me zambullí en la caja para pagar.
Volviendo a casa, con una sonrisa pintada en el rostro, me pregunté por qué aquellos dos ángeles habían decidido salvar mi noche. Podrían haberme obviado; podrían haberse reido del pobre ciego que deambulaba como un idiota por el barrio con dos envases bajo el brazo; del perfecto burguesito que se preocupa por su comodidad y se aterra por un sábado sin alcohol, en el que no podrá ocultar sus miedos tras la cortina etílica; del miserable que lava sus culpas con 25 centavos.
Poco a poco, mi sonrisa se fue convirtiendo en una mueca dubitativa y temblorosa. Una soga invisible me anudó la garganta y hasta me dio verguenza observarme en el espejo que está en la entrada del edificio donde vivo.
Abrí la puerta de mi departamento, coloqué las dos cervezas cuidadosamente en la heladera, me acosté en la cama y me fui a dormir.
Ya nada -ni siquiera la cerveza- podría salvar esa noche.

7 de octubre de 2011

Solo

El fernet se acabó; los amigos se fueron. Ya no hay ceniceros donde depositar tanta depresión ni vasos donde zambullir la culpa. Mirás el horizonte: una mezcla de pena, tristeza y vacío. Se te seca la garganta y un miedo helado te recorre los huesos.
Una dicotomía se presenta inevitable: te adentrás en el mundo de la pornografía informática o vas lentamente al baño y ensayás un suicidio perfecto. ¿Qué será mejor? ¿Un final lento y doloroso o una milésima de segundo en la que todo desaparezca? ¿Habrá una canción perfecta para ese momento?
Satán se va de tu cabeza, por suerte, e imaginás otra cosa. Mejor arrojarse al mundo porno. Tetas. ¿Qué son las tetas? Siempre sentí una enorme curiosidad por las tetas, pero nunca supe en qué se fundaba. ¿Dos circunferencias puntiagudas pueden generar tal obsesión? Es ridículo. Sí, ridículo; como la vida, como el amor.
Al instante llega un mensaje. "Gordo, quedate tranquilo, ya voy, ya llego".
Respirás hondo. Una sensación de alivio, profunda y dolorosa como un acorde menor, invade tu cuerpo.

1 de octubre de 2011

Charrúas

Un pueblito inhóspito, una playa desierta, piedras calientes y sol. No se oye absolutamente nada: los pájaros y el viento parecen estar encapsulados en una película muda. La espuma de la cerveza se confunde con la del mar y la ciudad se vuelve cada vez más gris.
Una inmensa soledad envuelve la tarde. Se ve gente que camina a lo lejos. Son espectros: no existen, pero están ahí.
De repente, la noche. La rambla se convierte en cita obligada para las historias, para las mentiras y la ronda de mates. Todos van con su termo bajo el brazo: cuando manejan, cuando volantean una bicicleta, cuando juegan al fútbol, cuando están a punto de enamorarse.
Brota una guitarra que rompe con la mudez eterna.
Corren unas rabas, unos chipirones y una Pilsen fresca. El mar se confunde con el horizonte y el faro, un tótem de casi 200 años, guía los destinos de cada corazón. El aroma del eucalipto se esparce en el aire como si fuese empujado por una brisa de tranquilidad. Todo parece tan natural.
En medio de una oscuridad absoluta, las luces de los barquitos, a lo lejos, reflejan el cielo a la perfección.

26 de septiembre de 2011

Calzas

Silencio. La cerveza destapada, mitad llena, mitad vacía. Son las cuatro de la tarde. Es verano. Más silencio. Un mosquito entra por la ventana. Se posa sobre mi mano. Me mira, me observa, me contempla como a un gigante en un zoológico. El zoo es mi casa: un monoambiente de Villa Crespo lleno de polvo pero vacío de recuerdos. Pienso que ese pobre bichito se morirá en pocas horas. Pienso que tal vez no es tan pobre.
Allá está ella. A tres metros. Ahora a dos. Ahora estoy encima suyo. No me soporta: es cierto, soy cargoso. Pero me llena de besos. Me acaricia la barbilla, se esconde bajo las sábanas y me invita a seguirla. Es mi musa. Lo sabe y no lo sabe. Lo quiere creer, pero no lo cree. Siempre duda.
Tiene unas calzas blancas y una tanga roja. Si estuviese en la calle, alteraría el orden social vigente. Sería una terrorista del amor. De eso sí que no hay duda.
Quiero cerveza, pero no llego a alcanzarla. Me meto entre las sábanas y me pierdo eternamente.
Pasa una hora. Ella agarra su carterita y se va. No, no se va: vuelve antes de cerrar la puerta. Me besa la frente y mirándome con esos ojos negros tan perturbadores, me dice al oído:
- Disfrutá, nene, que la felicidad no es eterna.

10 de septiembre de 2011

Camaleones

Se sintió poseída por una sensación única, como cuando uno es consciente de que está experimentando, con todos sus sentidos, la felicidad. “¿Hay algo mejor que eso?”, se preguntó asimisma, en silencio, dirigiéndose a su álter-ego. “No, no hay nada mejor”, se respondió a los 2,3 segundos. Sintió también una profunda sensación de sueño. El sueño la invadía, la abrigaba, le desvalijaba el alma. Pero no quería dormir. Quería hacer una y mil cosas a la vez. Sin embargo, no podía moverse. La cama de una plaza que la atajaba entre sus sábanas era, al mismo tiempo, un agujero negro que la abstraía de la realidad. Allí era verdaderamente libre; libre de todos y cada uno de los prejuicios sociales, las moralidades y las moralinas. "Libre de todos", se dijo. En fin, sinceramente libre. Y después pensó que no había palabra más hermosa en el mundo que "camaleones". Es cierto, es pulcramente hermosa. También recordó que no sabía escribir la palabra "alicate". ¿Se escribirá así?
A mil kilómetros sonaba un viejo televisor. Era una película: en inglés, por suerte. Simplemente acariciaba los oídos. Y así esperaba, desnuda, que la envuelva el rojo de la tarde, que iluminaba la habitación de forma entrecortada desde la ventana semi-cerrada. El color era perfecto: un amarillo dorado, como el color de la cerveza cuando se la observa a trasluz.
Había terminado de fumar un cigarrillo de marihuana y tenía muchas ganas de dormir. Dormir es salud. Volviendo a dirigirse a su alter-ego, se respondió nuevamente: “No, no hay nada mejor”.

18 de julio de 2011

La Veredita


En La Veredita la parca anda dando vueltas hace rato. El cartón y la madera ya no pueden más contra la impericia del clima y la estupidez. Cuando llueve, la peste se esparce de boca en boca. Y las ratas no se esconden de las personas; sino al revés.
En La Veredita los pibes se besan con la muerte todos los días. La calle, el barro y unas lonas sucias se convirtieron en su escuela y en su hogar. Cuando el frío se cola en las entrañas de cada ranchito, un cachorro sufre, si es que la última neblina no se lo llevó. Manitos enfermas, boquitas hambrientas, inocencia extrema. La violencia está contenida en una burbuja de cristal, siempre a punto de estallar.
En La Veredita la mierda está colmando la paciencia. Los estómagos no se cansan de llorar. Sólo los calman unas madrazas -omnipotentes, omnipresentes, invencibles- que todo lo derriban. Son verdaderos soldados de la dignidad. Son bestias silenciosas que duermen despiertas. Son -inevitablemente- mujeres. Y no piden nada, absolutamente nada, a cambio.
En La Veredita la miseria desborda por los ojos. Pero las lágrimas no caen. Sólo basta con mirar esos mil rostros tristes: están derrumbados, agotados, resignados. Enojados, también. Nadie se explica cómo de esas almas tan denigradas brota, en cada segundo, un atisbo de esperanza. Cómo todavía creen en Dios. Cómo las topadoras no terminaron de arrasar con sus sueños. Cómo todavía pueden sonreir.
En La Veredita falta todo, pero sobran los abrazos. Y los chicos llevan una mochila más pesada que los carros que tienen que pasear, como animales, por toda la ciudad. Llevan el estigma en la piel, en la sangre, en los riñones. El estigma de haber nacido en el pozo de mierda del que nunca van a salir, ni al que nadie se va a acercar para tender una soga.
La Veredita está a media hora del Obelisco. Allí todos corren, nada ni nadie se detiene. Allí nadie se interesa por ver a los invisibles de la ciudad. Los sacos y las corbatas asfixian a la humanidad.

25 de junio de 2011

Pastillas para no soñar

Por alguna extraña razón, los sueños tienen buena fama. Los poetas, los escritores, los cantantes, los locos y hasta las putas veneran a los sueños. Todos quieren soñar. Todos sueñan. Y mientras más sueñan, más felices son. Soñar está bien. Soñar es, incluso, algo cool.
Yo no quiero soñar. No me interesa. No quiero saber de mis deseos, de mis miedos y mis miserias. Ya suficiente con tener que soportarlas durante el día.
Porque, al fin y al cabo, los sueños son eso. ¿Quién creó esa falsa imagen de los sueños como aquel lugar donde se esconde, entre las neuronas, la felicidad? No. Atrás de las neuronas hay mugre. Y mucha.
Los sueños son otra cosa. Son la máxima expresión del miedo. La mentira develada. El letargo infinito. La caída inevitable. Una lluvia de verdades.
Ayer, justo ayer, fue el beso inconcluso de la mina que te vuelve loco, que te boxea las entrañas, que te acorrala oníricamente contra las cuerdas. Y ese sueño aumentó un decibel tu grado de locura. Te despertaste pensándola. Y te fuiste a dormir, dos mil horas después, pensándola. La pucha. El cerebro no para ni un minuto. Es un hamster en una ruedita después de tres café-veloz. Y el corazón se acelera.
¿No puedo dormir, tan sólo una noche, tranquilo? ¿No puedo no pensar por una vez? No encontré la respuesta ni buscándola en Google.
Y decían que los sueños son algo hermoso.
Soñar es un periplo a lo más profundo del yo. Y ese viaje es duro.
¿Habrá pastillas para no soñar?

12 de junio de 2011

Chica Puán

Dame una oportunidad. Sólo una oportunidad. Si lo hacés, soy capaz de dejarme la barba larguísima y vestirme con harapos pseudo-hippies. Soy capaz de votar al Frente de Izquierda. Soy capaz de leer El Capital de pé a pá y susurrártelo al oído antes de que te duermas. Soy capaz de dejar las vacaciones en el norte de Brasil para recorrer Salta y Jujuy de tu mano. Soy capaz de dejar de comer Big Macs y tomar Coca-Cola. Soy capaz de abandonar mi pasión por los suntuosos gustos burgueses y entregar mi vida a la lucha revolucionaria, por un mundo mejor que jamás vamos a conocer. Soy capaz de dejar atrás mis pequeños dramas existenciales para dar clases con vos en un colegio carenciado de Lugano. Soy capaz de convertirme en el Che Guevara del siglo XXI y dejarme fusilar por tu amor.
Así y todo, creo que me seguirías rechazando. En ese caso, intentaré ser capaz de dejar de escribir estas idioteces.

8 de junio de 2011

Ex`s

Sos más dura que un velorio. Más dura que las peores drogas. Que un whisky sin hielo. Y yo soy más blando que la mentira. Creí que la libertad estaba ahí nomás. Y otra vez tropecé con la misma piedra.
- Jamás le pongas Coca Light al fernet.
- Callate, idiota.
Fue la última vez que te vi. Después vomité, vomitaste, cosas, mentiras, verdades, miserias, puteadas. Voló un cenicero que se convirtió en espejo; cada vez más cenizas y menos fuego. Un colectivo me dejó en estación depresión, a dos cuadras del infierno.
Pensé que era libre. Pero estoy más atado que una puta a su proxeneta. Sos un orgasmo de nunca acabar.
- ¡Mi corazón no es un hotel!
Ese grito todavía me retrotrae a tu paraíso. Como esos olores que te trasladan a cualquier recuerdo. Como esas canciones que abrigan la angustia y maquillan la piel.
No me pidas que me meta en tu inconsciente. Ni siquiera, por temor, entro al mío. Y otra vez tropecé con la misma piedra.
Pronto serás poesía, borrachera o canción.
Tal vez ya lo seas.

27 de mayo de 2011

El verdadero desencuentro

Victorioso. Así dicen que llegaba, desde el sur, el general don José de San Martín, tras ser nombrado Protector del Perú. Sin embargo, en su interior las cosas no andaban nada bien: ese era un cargo que nunca había deseado y, además, se encontraba abatido, triste, cansado. La oscuridad de la guerra había somatizado y, entre muchas enfermedades, hasta la tuberculosis dejó su huella. Sobre su figura pesaban las batallas, la incansable lucha por una libertad soñada, las caricias y carencias de un largo camino desprovisto de todo lujo, pero no por eso vulgar.
En aquella época San Martín era un hombre importante. Tras su andar podían presentarse –por simple fanatismo o grosero choluleaje revisteril- una serie de privilegios que el Libertador siempre había rechazado o, en el mejor de los casos, repartió en partes iguales entre los hombres de su ejército. Es que allí, en aquellos años y en algunos de aquellos hombres, la vida tenía un significado, un fundamento más pesado que las vigas de cualquier moderno rascacielos: no importaba morir, siempre y cuando se hubiese muerto luchando por algo.
Simón Bolívar, unos años más joven, quizás más entero pero no lejos del sacrificio realizado por San Martín, arribaba desde el norte. El encuentro fue fugaz, efímero como la felicidad o los breves efectos de algún psicotrópico. Era verano de 1822, y en una ciudad caribeña como Guayaquil era fácil dejar de lado los tedios de la lucha libertadora por un rato. Sobre todo cuando por la tarde atestada de calor aparecían en escena unas hermosas pobladoras originarias a refrescar sus cuerpos en lo azul de la costa, y los primeros tragos comenzaban a endulzar las bocas de aquellos dos gigantescos hombres.

San Martín: - A la mierda, esto está fuerte, eh... ¿Qué carajo es?
Bolívar: - Un poco de ron con limón y hielo… ¡No sea marica, Don José! ¡En Cuba lo toman como si fuese leche!
S. M: - Si, me sabe a leche de esclavo, la puta que los parió. ¿Es de escabiar mucho usted, Simón?
B: - Y… después de tanto sufrimiento es bueno relajarse un poco, ¿no?... Pero, como siempre le digo a mis muchachos, no hay que joder con la bebida cuando se está en medio de la campaña.
S. M: - Eso seguro, yo tenía a un par de negros choborras en el Ejército de los Andes que los tuve que sacar a patadas en el culo. Casi lo rajo al negro Cabral, ese le daba duro, pero cebaba buenos mates… Disculpe, ¿fuma, Simón?
B: - Oh, por favor, viene bien a esta hora. Uhh… Son buenos, ¿de donde los sacó?
S. M: - Me los regaló O`Higgins, en Chile. Los conservé para un momento como este. Usted sabe, podremos andar en pelotas y sin dinero, pero nunca nos faltará la carne y el tabaco. Cambiando de tema, Simón, mire lo que son las negras en el mar eh, ¡qué culos! ¡qué maravilla, Simón!
B: - Ni me lo diga, Don José, ni me lo diga…
S. M: - Usted tiene fama, eh.
B: - ¿De qué? ¡No me diga que entre los soldados se anda diciendo que soy maricón!
S. M: - No, Simón, por favor, ¡todo lo contrario!... Se dice que usted, bueno, ya sabe… cómo decirle… ¡bueno, que usted es terrible putañero!
B: - Je, je, ¡un brindis por eso!... Ah, menos mal, Don José, me había asustado… Pobre Belgrano, a ese sí que le hicieron fama de puto, y eso que se garchó a medio Virreinato…
S. M: - ¡Y porreaba como loco! Si fue él quien quiso incentivar la producción de cáñamo, y no le dieron pelota… Claro, se iba a fumar toda la cosecha. ¡Qué atorrante, eh!
B: - Don José, Don José, ¿esa negra viene para acá?
S. M: - Mierda, parece que si... Y está en pelotas. Mire qué tetas, por favor. Negras, redondas, ya me imagino mamándolas como Saavedra le chupó el culo a los españoles.
B: - Vamos, Don José, sáquelo…
S. M: - ¿Que saque qué?
B: - Usted ya sabe General, ¿o no es el Santo de la Espada?, je, je…
S. M: - Simón, ¿no le parece un tanto inapropiado?
B: - Mire, Don José, mi viejo me enseñó algo que nunca olvidaré. Cuando tenía 13 años me llevó a un prostíbulo y me dijo al oído: “ante la duda, pelar poronga”. ¡Vamos, pele el sable, hombre!
S. M: - Shh, ahí viene, Simón, ahí viene…

Cuenta la historia que después de una ronda infinita de ron, tabaco y otras sustancias, la negra, llamada Chona, convenció a los dos generales para invitarlos a una fiesta por la noche. Allí mismo, emponzoñada por esas dos figuras enormes que eran San Martín y Bolívar, la nativa decidió llevarlos a una cueva cercana a la costa, y un jolgorio de pasión efervescente se desató durante toda la madrugada, hasta que los primeros amagues del sol se hicieron gambeta y chocaron contra las pupilas dilatadas de los tres hedonistas.
Algunos serios historiadores dicen que el desencuentro entre los dos grandes libertadores del continente se dio por diferencias políticas e ideológicas, y hasta muchos comentan que fue, en realidad, porque Bolívar negó la entrega de soldados al ejército de su colega. Lamento decepcionarlos, queridos amigos, pero la historia oficial cuenta con muchos profesionales del machismo que no han sabido darle a las curvas y a la vagina el verdadero lugar histórico que se merecen.
Después de aquella noche de lujuria, los dos quedaron obnubilados ante semejante figura, y sus corazones, ennegrecidos tras duras y largas batallas, volvieron a latir. Además, la eternamente enamorada Remedios de Escalada se encontraba lejos y enferma. Quienes estuvieron cerca de ella, comentaban por lo bajo que se encontraba en un estado físico tal, que su figura se había tornado “incogible” (textual de “Revolución y Guerra”, de Tulio Halperín Donghi, página 24.516).
Chona, incapaz de elegir a uno de los próceres, y acostumbrada a despojarse de toda moralina sexual, propuso quedarse con los dos, y así repetir eternas escenas de amor bajo el atardecer de las costas ecuatorianas.
Pero cuando todo parecía llegar a un acuerdo, de la mano de la mañana también llegó la sobriedad propia de la resaca. San Martín y Bolívar se miraron con infinito respeto durante unos segundos, sin siquiera balbucear una palabra. Al instante, y de forma casi imperceptible, bajaron las cabezas y cada uno comenzó a marchar hacia la dirección opuesta. Desde ese día, no se vieron nunca más. Los cerebros de los libertadores, aunque muy capaces, pecaron de occidentales.

26 de mayo de 2011

El amor occidental y privado

Las cadenas del amor son tan fuertes como las de la propiedad privada. Decir “eso es mío, mío, mío y de nadie más” es igual a decir “ella es mía, mía, mía y de nadie más”.
Resacas de un cristianismo ya crucificado, etiquetas de antaño que ya nadie puede despegar, costumbres que hace tiempo quedaron en offside... Vaya a saber uno qué perverso mandato nos empuja hacia el abismo que significa regalar nuestra vida a otro, ofrendarla como un chaleco antibalas en liquidación, como un trago de cianuro disfrazado de ron, como un cigarrillo que se estaciona en la boca de uno pero que sin embargo va matando a todos los demás.
Y siguiendo las reglas de la perfecta sociedad occidental –por comodidad, más que por simpáticas preferencias- nos arrojamos a ese precipicio. ¡Mañana seremos grandes, tendremos hermosos niños rubios, un Mercedes en el garaje del loft de Avenida Libertador o en la puerta del chalet de Pilar, y a su lado una bella mujer que nos espere vestida de negro igual que la avasallante noche para arrancarnos la corbata y todos nuestros últimos sueños!
Ya recorrí los suburbios y las ponzoñas de la soledad. Las lágrimas y los años, en vez de afirmar ciertas cosas, me arrebataron todas las certezas. Pero llegué a una conclusión: el amor es un misterio que nadie puede explicar. Es el último de los enigmas matemáticos irresueltos, la bala de plata que no encontró a su dueño, es Edipo besando a Yocasta, junto a la sangre derramada de Layo. Arrojarse al abismo de la eternidad incondicional e inquisidora, encadenarse a un único amor de por vida, es acabar por completo con todos esos misterios. ¿Y después, qué...?

Un perro

No quiero ser mañana. Quiero ser ese momento entre que me acuesto sobre las nubes y me quedo dormido, soñando despierto, despertar soñando.
Quisiera ser muchas cosas hermosas. Podría pensar en un mundo mejor como en cualquier otra cosa banal, por puro romanticismo, con la misma delicadeza que un cirujano opera o un poeta escribe. Pero no quiero sólo eso. No quiero ser caricias y carencias.
¿Habrá lugar en el mundo para la fantasía? Lo real da miedo. Ni siquiera en cuatro acordes puedo decir lo que siento.
Quiero ser un perro de la calle; vagabundo, libre.

25 de mayo de 2011

(In)seguridad

La gente corre, huye, se esconde desesperadamente. Cierran las puertas, las traban con llaves, candados, seguros. Afuera está el mal: ladrones, asesinos, violadores, pungas, negros, enfermos, drogadictos, alcohólicos. Todos acechando, a la espera de encontrar una ingenua víctima. Sin embargo, los que se ocultan tras sus confortables sofás, en sus lujosas habitaciones o en sus angustiosos comedores, no saben que, cuando se cierre la última puerta, caerán prisioneros del peor de los males: la televisión. Y allí estarán tan inseguros como antes.

Preguntontas

¿Por qué en un determinado momento de la vida dejamos de ser esos niños imprudentes y desprejuiciados para convertirnos en unos miserables y serios adultos? ¿Por qué la llama que enciende nuestros sueños ingenuos e infantiles se apaga con el hielo de la rutina? ¿Por qué debemos abandonar el libertinaje de la infancia para encadenarnos a otro ser humano de por vida? ¿Por qué los gritos desgarradores de la niñez -esos gritos que atraviesan la garganta, condenando a aquellos personajes nefastos, llorando las injusticias, llamando a los demás por su verdadero nombre- se convierten en murmullos y susurros temerosos en el momento que nos consideramos adultos? ¿Por qué es tan fácil besarnos y mirarnos a los ojos oníricamente, amarnos y confesarlo en nuestros años de fabulosa ingenuidad, pero nos resulta tan complicado hacerlo en la madurez? ¡Ah, cierto, el ser humano... maldito ser humano!